Skip to main content

Extorsión a la vuelta de la esquina. Confesiones de un otrora extorsionista.

POR, EFRÉN FLORES

NOVIEMBRE 2022

Conocí a Beto durante una tentativa de extorsión telefónica ocurrida en julio de 2020. Beto era el encargado de la tienda de abarrotes en contraesquina de mi casa en la Ciudad de México. ¿Quién imaginaría que Beto alguna vez ejerció la misma profesión —si podemos llamarla así— que el extorsionista, o que acudiría en mi ayuda?

Fue un lunes, a eso de las diez de la mañana. Recibí una llamada de un número telefónico desconocido y, como es costumbre, contesté con la opción de altavoz encendida. Lo primero que escuché fue a una persona llorando. “¡Ayúdame, por favor! ¡Me tienen secuestrada!” —dijo entre sollozos. Ni bien terminó de decirlo, un hombre se puso al teléfono y explicó calmado, pero con voz amenazante: “Tengo a tu familiar aquí conmigo. Esta llamada es muy delicada porque te viene escuchando y tú con tu voz me la tranquilizas. Así que necesito que estemos en comunicación en todo momento para que ella te vaya escuchando y se me vaya tranquila aquí arriba de mi camioneta, ¿de acuerdo, mijo?”.

Al escuchar eso me paralicé por un momento. Fueron segundos de desconcierto y miedo. Me imaginé a alguien específico y me asusté. Sin embargo, mientras pedía indicaciones al extorsionador, contacté por texto a la persona que pensé secuestrada y puse mi otro celular a grabar la conversación. Beto se me acercó tranquilo; su parsimonia me calmó. Se puso el dedo índice de la mano derecha sobre los labios y, acto seguido, pulsó el botón para silenciar el micrófono de mi celular.

El extorsionador pidió que le transfiriera el dinero que tuviera a la mano, “como una prueba de vida para que yo no le toque un pelo a tu familiar”. Me dijo que me daba de quince a veinte minutos para conseguir “una cantidad considerable” que tomaría “como un pequeño apoyo” de mi parte, que una vez que entregara el dinero me dejaría comunicarme con mi familiar y que de lo contrario, si hacía caso omiso, lastimaría a mi ser querido. “Te juro que si no cooperas le voy a empezar a cortar el primer dedo para que veas de qué tamaño está la verga” —gritó.

Durante poco menos de dos minutos el extorsionador habló. En ese lapso, y con el celular silenciado, Beto me preguntó si ya me había asegurado de que mis familiares estuvieran bien, a lo que contesté que sí. Él asintió con la cabeza y apretó los ojos. Tomó el celular, activó el micrófono y dijo: “Solitos se ponchan; no coronaste, carnal. Te quieres meter con mi valedor y no sabes de qué tamaño es la reata”.

Ni presto ni perezoso, el extorsionador replicó: “¿Quién chingados eres tú? Tú no vas a hacer las cosas a tu manera, ¿de acuerdo? La voy a matar, mijo. Tú no me vas a decir cómo hacer mi chingado trabajo. Vas a hacer las cosas o va a dar lo mismo matar que secuestrar, mijo. Yo no tengo nada contra ti ni contra tu bonita familia, mijo. Pero vamos a hacer las cosas rápido. No me estés viendo la cara de pendejo o se la carga la verga”.

Beto no se inmutó por las amenazas. De pronto comenzó a reírse, colgó el teléfono y me dijo que el extorsionador volvería a llamar, y así sucedió. Cuando Beto contestó, hubo más insultos e intentos de intimidación, pero el vendedor se limitó a decir con calma: “Carnal, quieres venderle chiles a La Costeña, pero te falta mucho para estar en el negocio. Si no quieres que te busque y te encuentre, porque sé de lo que hablo y no amenazo a lo pendejo como tú, sácate a la verga y no estés chingando a mi valedor. No coronaste, no vuelvas a marcar o te va a cargar la chingada”.

El extorsionador no volvió a marcar. La llamada fue realizada a través de una línea Telcel con número telefónico 84-43-12-73-38, registrado en la ciudad de Saltillo en Coahuila, de acuerdo con información del sistema de Consulta de Numeración Geográfica del Instituto Federal de Telecomunicaciones.

Un delito cotidiano

“A todos nos puede pasar igual. A mí me han hablado varias veces. Lo primero que tienes que hacer es no exaltarte y conservar la calma. Después ponle un ‘pero’ [al extorsionador] y en lo que le pones el ‘pero’, tú ya estás contactando o pidiendo a alguien más que te ayude a localizar a la persona o a tu familiar que supuestamente fue secuestrado”, me explicó Beto. “Cuando tú ya sepas que tu familiar ya está fuera de peligro tienes que hablarles [a los extorsionadores] agresivamente y colgar”, continuó diciendo. “Puede ser que sea cierto o sea falso, pero el 95% es falso. ¿Por qué? Porque sólo se dedican a extorsionar y cuando te mandan a hacer un depósito es la estrategia clásica”, concluyó al respecto.

Entre 2014 y 2020 hubo 4 093 581 reportes acumulados de personas de dieciocho años o más que reconocieron haber sido víctimas del delito de extorsión en la Ciudad de México, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI). Durante dicho periodo, cada año 584 797 personas en promedio fueron extorsionadas en la capital del país, donde las pérdidas económicas promedio de las víctimas de algún delito —incluida la extorsión— ascendieron a poco menos de nueve mil pesos por caso.

“Con buena suerte, en una buena racha, puedes llevarte más de veinte mil pesos; pero en general, en menos de 10 minutos, hasta cinco, seis mil pesos es lo que llegas a sacarle a la banda”, explicó Beto.

Existen varias formas de operar. Hay extorsionadores que delinquen en familia en los barrios donde habitan, hay otros que tienen centros de llamadas (o call-centers), con estructuras organizadas de trabajo, e incluso hay reos y presidiarios que hacen negocios desde prisión, al amparo de sus carceleros.

“Yo tengo conocidos, no es por acá, pero también tengo un hermano que se dedica a eso. Lamentablemente no todos los hermanos somos iguales y no toda la gente nos ocupamos de buena fe y muchos delinquen y se justifican. Por desgracia yo fui uno de ellos, pero a Dios gracias me salí, aunque no te creas, cargo con mis culpas”, admitió Beto.

La extorsión es un negocio bullente que empezó con gente vinculada a las policías o con trasfondos relativos al ejercicio del secuestro. Sin embargo, en la actualidad, gran parte de las extorsiones involucran a bandas delictivas o a grupos involucrados con el crimen organizado. Así lo dice Beto:

“Delinquen güeros y prietos, ricos y pobres. Para ser criminal no hace falta mucho; con estar en el lugar y el momento correcto la delincuencia te jala. Yo, por ejemplo, empecé por un tío amigo de un güey que se fue a prisión por secuestro. Expolicía el puerco, un cabrón malavibra. Yo la gente que conozco que se dedica a la extorsión no está por casualidad. O te jala un familiar o conocido que le sabe al bisne, o te jala gente del gobierno que sabe cómo moverse. Al final, la misma gente que te protege es la misma que te extorsiona, sólo que ahora ya está involucrada banda del narco”.

De acuerdo con cifras oficiales, el registro de personas de dieciocho años o más que reconocieron haber sido víctimas de extorsión entre 2014 y 2020 tuvo una tendencia general a la baja, ya que la tasa de extorsión por cada cien mil habitantes en la Ciudad de México cayó 58.2% real. Mientras tanto, el número registrado de carpetas de investigación (por el mismo ilícito) iniciadas en la capital del país fue al alza entre 2014 y 2021, con un aumento del 35.4% real por cada cien mil habitantes con mayoría de edad.

¹ Habitantes de dieciocho años o más que declararon haber sido víctimas de extorsión en el año de la encuesta, hayan sido o no denunciados los delitos ante el Ministerio Público.

² Tasa de prevalencia delictiva en la Ciudad de México por cada cien mil habitantes de dieciocho años o más.

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENVIPE-INEGI, consultada en: https://bit.ly/3InQeTe.

¹ La incidencia delictiva se refiere a la presunta ocurrencia de delitos registrados en carpetas de investigación iniciadas.

² Tasa de carpetas por cada cien mil habitantes capitalinos de dieciocho años o más.

Fuente: Elaboración propia con datos del SESNSP (https://bit.ly/3ANPsxc) y del CONAPO (https://bit.ly/3zfJ8Nx).

“Familiares me enseñaron a extorsionar”

En 2020, Beto tenía veintisiete años cumplidos. Como vendedor de abarrotes en una tiendita de la esquina, su salario era de mil quinientos pesos a la semana, o lo que es lo mismo, seis mil pesos por mes.

“Yo estoy en contra de todo eso [de la extorsión] porque mucha gente se esfuerza para conseguir su dinero, para ahorrarse algo, como para que unos tipos te lo quiten cruzados de brazos. Pero cuando yo lo hacía, habré tenido diecisiete, dieciocho años, me llevaba lo que gano ahora en un mes, en una semana”, explicó.

Según Beto, su ingreso mensual rondaba los veinticuatro mil pesos, o catorce salarios mínimos de 2010. Ese año, cuando extorsionaba, los datos del INEGI arrojaron que sólo el 8.7% de la población ocupada ganaba más de cinco salarios mínimos.

“Así como ganaba, tiraba el dinero. Al final no me quedó mucho, ya ves, la fiesta y el derroche, pero tampoco estuve mucho en ese negocio. Duré un par de años, quizá no por buena gente o por sentirme mal entonces, pero porque a un compa lo mataron y a mí me amenazaron. Ahí por mi barrio, que es Iztapalapa, las cosas se empezaron a poner feas. Era la época de bandas como los ‘Tanzanios’ y así, que ya eran más violentas al extorsionar. La verdad sí temí por mi vida”.

Según Beto, su breve carrera como extorsionista comenzó gracias a su tío, quien lo puso en contacto con un expolicía.

“Andaba en esa edad en la que no quería estudiar y me daba hueva trabajar. La verdad nunca le entré al vicio de la droga, quizá un porro de vez en cuando y las pedas, ¿verdad?, pero nada más. Y así un día mi tío, que venía a la casa a pedirle dinero a mi mamá, me dijo que podía ayudarme a conseguir ‘un jale’, porque así le decía. Total, que me lleva con este güey malavibra y que me explica la movida ya a solas sin mi tío. Me dijo que necesitaba un ayudante. Empecé comprándole celulares de esos bara viejitos que ya nadie quiere y chips. También me ponía a romper chips y a veces a deshacerme de celulares. La verdad no pregunté, me pagaba 700 pesos al día”, recordó Beto.

“Si lo piensas, está culero. Familiares me enseñaron a extorsionar sin querer. No sé si mi tío sabía, nunca le pregunté ni lo he vuelto a ver, pero de ahí en adelante me fui metiendo a la boca del lobo”.

Beto dijo que unos meses después de conocer al expolicía —de quien no dio el nombre por seguridad— pasó de ser su ayudante a su aprendiz; y con el paso del tiempo, su socio.

“No fue nada exprés, al contrario, te van calando. Este güey sabía su negocio. Nunca conocí a otro de sus socios, salvo a mi compa, porque era mi compa y en las pedas nos contábamos el desmadre. Pero sabíamos, porque hablaba con otras personas por teléfono, que había un chingo de gente involucrada, incluidos sus excompañeros [de la policía]. No sé bien cómo estaban organizados, pero por ahí me enteré que tenían varias casas, todas separadas, y el único que sabía qué pedo era ese güey. A los socios nos pagaban por comisión: si le sacabas lana a alguien tú te llevabas tu parte; si no, no. Era una chinga, un chingo de llamadas, y te acostumbras a hablar agresivo y a que te valga lo que le quites al otro. Es un trabajo y te lo tomas así”.

Beto dejó de trabajar en la tienda donde lo conocí. El personal del negocio no dio razón de su paradero. Dijeron que “su número no funciona” y que “se cambió o lo cambiaron”. Durante el poco tiempo que pude platicar con él no contó muchos detalles. Lo último que me dijo fue que entrar al negocio fue más fácil que salir, porque hay consecuencias que se extienden a los familiares.

“Ese güey [el expolicía] me amenazó como amenazan ellos [los policías]. ‘Te voy a estar cazando si te pasas de verga. Salúdame a tu mami, tu tío me habló mucho de ella’, me dijo. Fue rápido, pero cuando estás chavo, con un ruco de esos, unas pocas palabras te erizan la piel. Lo que sí te puedo decir es que esa semana patrullaron mi calle; y esos cabrones no suelen hacerlo. ‘Danos pa’l chesco’, dijeron. Yo bajé la mirada y me metí al zaguán. Los vi un par de veces y no pasó nada, sigo aquí”, concluyó.

¿Qué dicen las cifras de extorsión a nivel nacional? 

Entre 2012 y 2020 hubo 62 322 901 reportes acumulados de personas de dieciocho años o más que reconocieron haber sido víctimas del delito de extorsión en algún estado de la República Mexicana, de acuerdo con datos del INEGI. En dicho periodo, cada año fueron extorsionadas en el país 6 438 585 personas en promedio.

Del número de extorsiones registradas, 9 de cada 10 fueron telefónicas; y en 1 de cada 10 casos, la víctima del delito dio dinero a sus extorsionadores.

¹ Captadas por la encuesta, hayan sido o no denunciadas ante el Ministerio Público.

² Tasa de prevalencia delictiva por cada cien mil habitantes de dieciocho años o más.

³ Calculada con la fórmula de crecimiento: ((valor final-valor inicial)/valor inicial)*100.

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENVIPE-INEGI, consultada en: https://bit.ly/3InQeTe.4.

A pesar de ser un delito que cada año afecta a millones de connacionales, el grado de denuncia y de impartición de justicia en torno al delito de extorsión es muy bajo en México. Por un lado, los datos del INEGI refieren que entre 2012 y 2020 la cifra negra promedio a nivel nacional de este ilícito fue del 98.1%. Esto significa que, en la mayoría de los casos, las extorsiones no son (o no se sabe si son) denunciadas o si figuran en una carpeta de investigación. Por otro lado, la información oficial indica que el grado promedio de impunidad fue del 50.6% en dicho periodo. Esto implica que, por lo general, la mitad de los casos que sí son denunciados (a nivel nacional) no son resueltos, o bien, que las autoridades no continúan con el proceso de investigación.

Estas cifras permiten colegir que en México menos del 1% de los delitos de extorsión son investigados y/o sancionados por las autoridades, en un contexto en que el número registrado de carpetas de investigación (por dicho ilícito) fue al alza.

¹ La incidencia delictiva se refiere a la presunta ocurrencia de delitos registrados en carpetas de investigación iniciadas.

² Tasa de carpetas por cada cien mil habitantes capitalinos de dieciocho años o más.

Fuente: SESNSP (https://bit.ly/3ANPsxc) y CONAPO (https://bit.ly/3zfJ8Nx).

El agravio y la impunidad de las extorsiones en México es particularmente grave, sobre todo si se toma en consideración que el mercado de dicho delito es enorme, al menos en términos económicos. La cantidad de dinero que se mueve cada año a nivel nacional por el pago de extorsiones —sin considerar gastos derivados en salud o en mecanismos de protección y seguridad por parte de las víctimas— es equiparable al presupuesto de muchos programas gubernamentales. O incluso al gasto de algunas dependencias de gobierno.

Entre 2014 y 2020, a nivel nacional, el valor de las pérdidas acumuladas que fueron reportadas por presuntas víctimas de extorsión fue superior a 107.6 mil millones de pesos (mmdp), con un promedio anual de pérdidas de casi 13.7 mmdp. La cantidad de dinero que los extorsionadores le roban a la población mexicana en un año promedio es equiparable a la mitad (53.3%) del presupuesto total devengado por la Guardia Nacional en 2021 (25.7 mmdp), de acuerdo con datos de la Cuenta Pública de la Secretaría de Hacienda.