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Áxel Chávez

Abril 2023

Su papá le recibió la .38 y lo abrazó como nunca recuerda. Estaba orgulloso del «Diablo», como 13 años después lo llamarían en el hampa. Había pasado la prueba: había aprendido a matar. Victimario es una serie de crónicas que se adentran en las motivaciones que llevan a una persona al acto criminal. Tercera y última parte.

Superó la prueba. Había aprendido a matar. Ilustraciones: Yuzaros para Emeequis.
Superó la prueba. Había aprendido a matar. Ilustraciones: Yuzaros para Emeequis.

Si escarba en la memoria para encontrar un resquicio de su niñez, hay un ducto que salpica diésel en la parcela.

Las manos de su padre empuñan una especie de tubo y hay, como si fuese el colador que detiene la capa de nata en la leche hirviendo, un hule grueso que filtra el combustible para atajar la basurilla.

Así como hay quien tiene en el recuerdo el mar, él tiene grabada la tierra ejidal; a metros, la casa en la que creció con sus cinco hermanos, situada justo en la boca de la miseria. El ducto fue lo primero que lograron divisar; después, éste fue el candado que guardaba el tesoro de una tierra estéril: el oro negro.

Así como unos tienen en las fosas el recuerdo del olor a tierra húmeda, él tiene en su acervo el tufo ácido de la gasolina cuando escurre en el polvo, cuando se riega en el pasto o cuando se encharca con agua.

La primera vez que mató, al gallo del que fue verdugo le entró el tiro en el costado, cuando trataba de agitar las alas para alejarse, luego de que los dos primeros disparos pasaran cerca de sus patas. Hubo un chispazo tenue entre la grosura del ave pinta cuando la bala le anidó en la carne; entonces, tirada, estiró las patas con una rigidez robótica, en el último intento por vivir, pero quedó tirada contra su peso y la sangre irrigó luego el campo. Su ojo de penumbra parpadeó muy rápido, igual que las cámaras Réflex de antaño cuando lanzaban el flash, como si también en las bestias y las aves corriera el pasado entre los párpados al momento de morir.

El estómago se le revolvió. Sintió que el gallo subía por su garganta y se le iba a salir por la boca en forma de vómito, pero el aquelarre de sus tíos y su padre, festivos, le hizo resistir estoico como los mezquites alrededor.

Su papá le recibió la .38 y lo abrazó como nunca recuerda. Estaba orgulloso del «Diablo», como después, 13 años más tarde a esos siete que ya tenía cuando disparó por primera vez, lo llamarían en el hampa. Ahí fue su bautismo en el crimen, sumergido en las profundidades de un fango del que después no podría salir.

Había pasado la prueba: había aprendido a matar.

La infancia se iba entre olor a gasolina, pero el delito se perfeccionó. Un día llegó «un señor» con los «ingenieros» de Pemex que, por entonces, en el 2005, eran algo así como «los socios» de sus tíos. El «señor» no era cualquier tipo: le decían «patrón».

Hubo festín y baile; por la noche, cuando el alcohol trepó de la boca a la cabeza, también hubo bala para celebrar el crecimiento de «La empresa». A partir de entonces todos trabajaban para «el señor».

Pero luego todo se puso violento: llegaron unos, luego otros más, a pelear ducto a ducto por el territorio. «¡Son los jaliscos! ¡Pélate, cabrón!». 

Nomás recuerda que rechinaban las llantas y los zumbidos se dispersaban por los mezquites.

Los habían emboscado. Eran presas corriendo al filo del colmillo de un depredador, que mordía uno a uno hasta dejarlos tirados sobre el lodazal. Las mangueras quedaron regadas y el ducto salpicaba igual que hace la lluvia cuando apenas nace. Las camionetas estaquitas quedaban varadas y, cuando ellos corrían, una estalló. Salió una columna de lumbre que, como si fuese un espíritu inmundo, se alzó hasta dos metros arriba de la batea. 

Cuando las balas alcanzaron a su padre, que corría escupiendo los últimos casquillos de su escopeta para intentar defenderse, él cayó como res que se revuelca, porque las patas ya no le responden. Dice que le vio los ojos parpadear, como en los viejos metrajes del cine mudo en los que pasaba una imagen a otra en el fusil fotográfico. 

¡Está muerto!, ¡chingada madre, está muerto! 

No había duda en la idea que se repetía. 

El recuerdo aún lo tiene en los ojos, fugitivos desde hace un par de años para salvar lo que no murió cuando los contras asesinaron a su padre. 

Mientras corría aquel entonces –rengueaba, en realidad– con una quemadura de bala en la pierna, e intentaba escabullirse en la maleza, recordó aquel gallo cuando niño y sintió de nuevo como si se le fuera a salir algo por la boca. Recordó el abrazo como nunca hubo otro y el rostro de orgullo de su padre. Lo amaba, todavía lo ama, pero cuando lo «bautizó» de infante en el hampa, lo sumergió en las profundidades de una vida en la que sólo quedaban dos caminos: huir o morir.

EL ANZUELO

La madrugada del primero de diciembre de 2021, mientras un comando armado liberaba de la cárcel de Tula a los hermanos José Artemio y Mariano Maldonado Mejía, líderes del cártel de Pueblos Unidos, entre las 4:00 y las 4:30 de la mañana algunos de los sicarios fueron enviados afuera de una tienda de conveniencia Oxxo que se ubica en la carretera Tula-Michimaloya, donde estaba una patrulla municipal con dos policías: Anastacio y Pedro.

Iban los sicarios en una Suburban entre gris y negro, de modelo atrasado, con franjas rojas, que se parqueó cerca del Oxxo. Uno de los agentes contó a los agentes de investigación que tomaron el caso lo que sucedió aquella noche: “vi que se bajaron dos sujetos y en eso el piloto sacó un arma larga tipo R-15 y empezó a rafaguear a la patrulla. También me percaté que el copiloto de dicha camioneta se bajó con un arma larga tipo R-15 y se puso desde la esquina de la tienda y también nos empezó a rafaguear en varias ocasiones”.

Narró que él y su compañero trataron de protegerse debajo del tablero, pero los disparos seguían. Fue entonces que decidieron bajar de la patrulla, para cubrirse en la parte de atrás, pero “cuando traté de darme la vuelta para cubrirme sentí un impacto de arma de fuego en el chamorro izquierdo y en la rodilla sentí un rozón. Fue cuando empecé a sangrar y estos sujetos dejaron de disparar”, para huir en dirección a la caseta de Arco Norte.

Los dos policías, “corrimos hacia el monte a protegernos, ya que las llantas de la camioneta estaban ponchadas”, y ahí pidieron apoyo, no por radio, porque no cuentan con uno, sino a través de uno de sus teléfonos celulares. Ahí les dijeron que se reportaban incidentes similares en el municipio. La policía estaba rebasada.

Más sicarios pasaron por la calle Atlat, de la colonia La Malinche, y dispararon nuevamente las R-15 contra Erasmo, un particular que pasaba por ese lugar en su vehículo, sin haberlo privado de la vida.

Enfrente del hotel Teocalli, de Tula, había otro auto Renault, placas LF33997, con una bomba que desactivó el Ejército Mexicano. En la casa de seguridad de Las Galaxias también aseguraron más explosivos. El cártel tenía dinamita para volar la ciudad.

Para la fuga fueron contratados una treintena de hombres –había también seis mujeres– con roles desde tira-ponchallantas hasta sicarios. Quienes han sido detenidos han declarado haber tenido roles menores, aunque, en algunos casos, están asociados directamente en la investigación al manejo de armas, incluido un lanzagranadas. Unos declararon que no conocieron el “trabajo” para el que fueron reclutados, sino hasta el final, cuando supieron que iban a liberar a un capo apodado el Rabias. En ese momento, excusaron ante los MP, por la presión no pudieron recular.

Sin embargo, coinciden en una circunstancia: fueron reclutados “para un trabajo” por personas cercanas y el dinero era un anzuelo atractivo. Ya en la casa de seguridad donde los concentraron hubo armas y adiestramiento para tirar. Unos dijeron ser choferes de transporte público en el Estado de México, otros jornaleros de Michoacán. A unos los reclutaron personas que conocían, con las que fumaban en las bases de transporte, a otros –incluidos menores– en la pisca en Michoacán, donde los Maldonado Mejía se afincaron también a través de las balas. 

Los reportes que recibió el número de emergencia aquellas horas del primero de diciembre muestran cómo el cártel se apoderó de la ciudad:

“¡Un vehículo exploto frente al (hospital) Regional y tenía dinamita!

¡Adelante del hotel Teocalli, sobre la carretera Tula-Refinería, hay otro vehículo que al parecer tiene dinamita!”-

Ese fue el primer mensaje al 911, con estatus urgente, y de ahí, como las ráfagas de las escopetas que portaban los sicarios, los siguientes:

“¡Que se reportan detonaciones de arma de fuego de alto calibre!

¡Que durante la llamada del reporte se escuchan detonaciones!

¡Que en la carretera Tula-Michimaloya, de la colonia Malinche, en Tula, se escuchan ráfagas!

¡Que se reportan detonaciones afuera del Cereso de Tula; lo reporto un oficial de guardia y pide apoyo!

¡Que se escucharon más de 70 detonaciones!

¡Que en el puente de las 3 Culturas hay picos para ponchar las llantas!

¡Que se escuchan más de 50 detonaciones!

¡Que se escuchan detonaciones y una explosión muy fuerte!

¡Que dejaron una camioneta abandonada: una Ram blanca y otra negra!

¡Que había muchos hombres dispersados con armas de fuego entre milpas, escondidos, y eran más de 20!

¡Que hubo una fuga de reos!”.

VIOLENCIA ES ESCUELA

¿Cómo se hace un capo?, le preguntaba a don Andrés Torres.

Sus manos araron el campo junto al Lazca, cuando no era el Verdugo –un personaje sanguinario que se entronizó en el narcotráfico–, sino Heriberto, un niño delgado al que se le marcaban los huesos, cuyos apellidos eran Lazcano Lazcano. 

“¿Que si lo recuerdo?, si yo desde chiquillo lo conocí: era güerito, no muy alto, no muy bajo, sus ojos eran de color; no eran verdes, pero sí eran de color”, contaba don Andrés, de voz ronca cual carraspera, que perdía a sílabas su volumen, como un radio que no agarra señal, sonido que llega y desaparece. Hablar de Heriberto Lazcano era avivar los recuerdos de su caja de memoria, que se apagó para siempre el 7 de junio de 2021, a los 75 años. 

Los últimos 20 años de su vida los pasó cuidando el panteón ejidal de San Francisco, en la colonia El Tezontle, donde el Lazca, exmilitar y exjefe de una de las organizaciones criminales más violentas en la historia de México, Los Zetas, construyó su última morada, un mausoleo con una réplica de la imponente cruz metálica que tiene la iglesia que el capo también donó en El Tezontle. 

“Estuvo conmigo, ahí en mi casa, cuando era chiquillo. Luego me decía: ‘ya me voy a ir de mi casa’. ‘¿Por qué?’, le preguntaba. ‘Es que ya estamos todos amontonados y la verdad no duerme uno bien’. Entonces, no es que fuera muy grande mi casa, pero ahí dos o tres cuartos que tengo… si hasta le compré una camita. 

“Le compré una camita y órale, ahí pa’ que estés. Ahí se quedaba. Luego se iba por allá con los amigos, a jugar, al campo de tierra, les ganaba la tarde y ya llegaba de noche a la casa. Tenía como seis años, pero le gustaba chambear. Yo le enseñé a ordeñar las vacas, porque tenía vacas lecheras. Luego fue creciendo y le enseñé a trabajar el campo”, recordaba el veterano sepulturero, que no temía a los muertos, se cuidaba más de los vivos desde que una vez lo quisieron sorprender y, de espaldas, trataron de golpearlo con un madero. “¿Qué podía tener yo?”, se preguntaba el hombre cuando contaba aquel día en el que, caída la penumbra y entre tumbas, lo quisieron asaltar.   

En esta colonia, aledaña a la Décimo Octava Zona Militar y la misma en la que Lazcano hizo su solicitud para entrar como soldado al Ejército el 5 de junio de 1991 y obtuvo la matrícula B-9223601, creció El Lazca.

De puño y letra Lazcano Lazcano escribió una solicitud al secretario de la Defensa Nacional: “me permito hacer de superior conocimiento de usted, que teniendo verdaderos deseos de abrasar (sic) la carrera de las armas, por considerar que tengo bocación (sic) para ello, solicito con todo respeto que sea aseptada (sic) mi alta en el Ejército Mexicano como soldado de armas”. En ese momento tenía 16 años, porque nació el 25 de diciembre de 1975. Eso también se lo contó a su mentor.

Antes de ir al ejército, don Andrés lo recordaba como un niño frágil, dócil, como muchos empobrecidos en este lugar. 

Cuando él se fue, contaba el panteonero, ya no supo qué habría pasado en el ejército. Sin decirlo directamente, trata de plantear que si la maldad con la que se le describe en expedientes fue verdadera, la adquirió después de la infancia en la que él lo acompañó. 

“Vivían muy pobrecitos. La verdad no tenían como ahorita, que tienen casas; en ese entonces nada más tenían dos cuartitos de pura lámina y luego cuando se venían las aguas…”.

Cuando caían aguaceros la lámina resonaba como si la apedrearan; además, se inundaban los cuartitos, el agua subía hasta medio cuerpo de ellos, hasta el pecho del niño que sería un temido capo, entonces tenían que refugiarse con los vecinos, dos Andrés uno de ellos. En ese predio, en calle Sabino, ahora está la mansión que construyó El Z3, de tres niveles. Entre las avenidas también están las casas de seguridad donde se refugiaba cuando lo buscó la DEA. Igualmente en la que, a decir de testigos protegidos, se quedó junto con Arturo Guzmán Decena, El Z-1, y Osiel Cárdenas Guillén, cuando reclutaron, de la Décimo Octava Zona Militar, elementos que conformarían la guardia armada del Cártel del Golfo.  

Don Andrés nunca hablaba de Zetas ni narcotráfico, simplemente decía: “cuando ‘él trabajó’ ‘e hizo sus cosas’, ya tuvieron dinero, pero antes no tenían para vivir. Ya después se me perdió, jamás lo vi”. Lazcano para él no era El Lazca, era como un hijo pródigo, por eso con eufemismos cubría las referencias a la violencia de la que fueron responsables, incluido en Pachuca y en el territorio hidalguense, uno de sus feudos a base de protección política, los Zetas.  

—¿Dónde habrá aprendido a matar entonces, don Andrés, como afirman los expedientes? —le preguntaba al sepulturero.

—Pues no sé –contestaba ya con el ceño fruncido tras las eternas gafas negras que cubrían sus ojos casi ciegos al final–. 

Luego remataba: “habían de preguntarle al ejército”.   

FIN

Cuna del hampa es el último eslabón de Victimario, una serie de crónicas periodísticas que hurga en la violencia y las circunstancias que llevan a una persona a involucrarse en el crimen. En cada entrega, los personajes se enfrentan a escenarios en los que tendrán que elegir a veces entre guardar su vida, pero a costa de quitar la de otros. Publicada originalmente en Emeequis.