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Los estigmas de Norma

Por, Tania Ortega

enero 2023

La sociedad es muy cruel. Pone etiquetas y estigmas que pesan como grandes cargas; se convierten en una llave que abre o cierra las puertas en la vida. Norma nació mujer, y nacer mujer en México es un riesgo, pues significa enfrentarse al feminicidio, la violencia, la discriminación y la incertidumbre laboral, por decir poco.

Además de ser mujer, Norma tiene un problema de abuso de sustancias. Se trata de una enfermedad cuyas raíces se remontan a su infancia. Cuando tenía doce años empezó a fumar tabaco, luego a tomar alcohol, después a consumir marihuana, a inhalar solventes y cocaína. Este padecimiento es conocido como drogadicción. Durante el primer semestre de 2021, el Centro de Integración Juvenil A.C. (CIJ) atendió a nivel nacional a 34 393 pacientes usuarios de sustancias, de los cuales 26% (8 942) eran mujeres. Sin embargo, en el mismo periodo de enero a septiembre de 2022 el total aumentó a 38 653 pacientes usuarios de sustancias y las mujeres atendidas incrementaron a 36% (13 915). Norma representa uno de esos números.

Ser mujer y tener una adicción es peor. Norma sufrió discriminación, humillaciones públicas y, sobre todo, rechazo. Cuando caminaba por las calles, las personas la miraban de arriba hacia abajo, se alejaban de inmediato y decían:

—Ahí está una drogadicta.

—Miren lo que ha robado, ¡es una ratera!

La observaban con ojos minuciosos y repetían:

—¡No te me acerques, estás mugrosa! 

—No le hables, te vaya a jalar hacia malos pasos. —Todo el tiempo andaba con la cabeza baja.

Norma Angélica tiene 45 años. Nació en la Ciudad de México, pero siempre ha transitado entre la Ciudad y el Estado de México, donde reside actualmente, en Naucalpan de Juárez. Después de haber consumido por dos años cocaína y crack sin interrupciones, debido a que su enfermedad se agravó tras la muerte de su madre, lleva mes y medio internada en la Unidad de Hospitalización del CIJ en Naucalpan.

Ella mezclaba los narcóticos porque sentía que ya no le hacían el mismo efecto: cocaína con tabaco, alcohol, crack, marihuana y otras. Cuando la cocaína la aceleraba, consumía marihuana para relajarse, a pesar de que esta última no le gustaba, ya que al ser un depresor del sistema nervioso le causaba tristeza.  

Fachada de la Unidad de Hospitalización del Centro de Integración Juvenil (CIJ) en Naucalpan de Juárez, Estado de México, octubre de 2022. Fotografía: Cortesía.

Norma probó la cocaína a los diecinueve años; a los 35, la piedra (crack).

—Entonces la mezclaba para sentir mayor elevón de ánimo. Para entablarme me tomaba dos cervezas —recuerda Norma.

Según Miriam Carrillo, directora de Prevención del CIJ nacional, gran parte de las mujeres que consumen sustancias psicoactivas lo hacen por razones emocionales, a diferencia de los hombres, quienes también lo hacen por un uso recreativo, ya que en ellos es socialmente permitido:

—Si una mujer se va de fiesta con las amigas es una loca. La familia las califica de locas, de putas, porque la fiesta está asociada con el consumo. Mientras que en los hombres se festeja, se celebra, y en las mujeres se castiga —indica.

Ser mujer

En los 33 años que lleva consumiendo estupefacientes, Norma ya ha intentado dejarlos antes. En 2011 salió de un internamiento en una casa de recuperación ubicada en Toluca de Lerdo, Estado de México; supo que sus amigas y amigos estaban en Cuautitlán Izcalli, así que decidió vivir ahí. En 2019 inició una vida en pareja, pero regresó al consumo tras seis años de abstinencia; comenzó a hacerle daño a su novia, por lo que esta se cansó de sus agresiones y decidió retirarse.

La partida de su novia causó en Norma un sentimiento de soledad profunda, lo cual llevó a que aumentara su consumo de crack, aunque de forma intermitente. Al paso de un año, su madre enfermó progresivamente hasta perder la vida, ocasionándole un gran dolor y miedo.

—De ahí consumo más. Dos, tres días… y volvía nuevamente al consumo. Ya los últimos meses yo ya no podía parar, era consumo de diario —apunta.

En el ambiente de la adicción, ser mujer implica arriesgarse a ser abusada sexualmente en mayor medida que los hombres. A Norma ya no le importaba, pues se encontraba anestesiada por las sustancias; así se convertía en tan solo un objeto. Las personas que le vendían los estupefacientes le decían:

—Te voy a dar una [droga], pero pues no sé, déjame penetrarte o hazme una masturbación —cuenta—. Yo tenía una amiga que también era homosexual y, sin embargo, muchas veces tuvo que acceder a hacer sexo oral, a masturbar, para tener más sustancia. Ya no importa la preferencia sexual, el chiste es conseguir la droga como sea.

Los estereotipos acerca del comportamiento de una mujer son muy marcados. Para Norma, las mujeres son más humilladas, más pisoteadas y se enfrentan a abusos mayores. En ello coincide Miriam Carrillo, también pedagoga por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), al señalar que la construcción social respecto a cómo debe ser el comportamiento femenino es totalmente desproporcionado frente al de las mujeres consumidoras de drogas. A muchas de estas sus familias les dicen:

—Si un hombre se ve mal, una mujer peor.

—Lo ven como una cuestión transgresora del orden moral y del orden social. Eso hace que las mujeres difícilmente acudan a tratamiento, pero en comparación con los hombres, las mujeres acuden más tempranamente a solicitarlo— indica la directora de Prevención del CIJ.

Miriam Carrillo, directora de Prevención del Centro de Integración Juvenil A.C. a nivel nacional en entrevista, octubre de 2022. Fotografía: Tania Ortega.

La maternidad y la preferencia sexual

Si todo lo anterior conlleva un estigma social muy impactante en la vida de Norma, a esto se le agregan más etiquetas: ser madre y ser lesbiana. Le fue muy difícil abrirse y expresar su gusto por las mujeres; aceptar su preferencia sexual. Sin embargo, deseaba tener un hijo, solo uno, a quien tuvo a los 22 años.

—No estuvo en mis planes casarme y menos con un hombre, no estaba en mis planes formar una gran familia. Sabía que el muchacho con el que tuve relaciones estaba casado, que no me iba a obligar a responder, porque yo quería un hijo y ya. En ese tiempo yo no salía del closet. Entonces tenía que aparentar, aunque yo no fuera realmente feliz o plena en esta cuestión, pero este chavo me trataba muy bien. Me gustaba mucho cómo me hablaba y era lo que yo quería: atención, y él me la dio.

Norma ignoraba estar embarazada, ya que el uso de sustancias psicoactivas desregula el ciclo menstrual. Cuando se dio cuenta, estaba a punto de parir. Así ocurre con muchas mujeres. Sin embargo, la mayoría no busca tener un hijo o hija. Algunas dicen:

—Es que yo viví mi embarazo con mucha depresión porque yo no quería.

El malestar emocional que sienten —originado desde años atrás— las lleva a consumir estupefacientes como una forma de automedicación.

—Me echo una copita, un cigarrito, un poco de cristal… me siento muy mal, me siento sola.

—Yo no quiero tener un hijo. Yo ni siquiera sé qué quiero hacer mañana porque no tengo un proyecto de vida.

Esto les impacta mucho y se transmite al bebé durante el proceso de gestación, según indica Miriam Carrillo. —Los propios padres, aunque están enojados, no quieren que aborten al bebé, y ahora se amuelan porque tienen que tenerlo porque el niño no tiene la culpa. Es todo el sistema cultural que no nos deja avanzar— agrega.

De acuerdo con datos del primer semestre de 2021 del CIJ, el 15% (1 341) de las pacientes atendidas por consumo de sustancias psicoactivas eran madres de familia; al tiempo de que asistieron a 22 mujeres embarazadas, lo que representa el 0.25%. No obstante, esto aumentó para el periodo de enero a septiembre de 2022, pues 19% (2 719) de las pacientes atendidas eran madres de familia y además 41, o sea 0.29%, eran mujeres embarazadas. Es decir, la demanda de atención a embarazadas incrementó 186%.

A la par, los datos del Sistema de Información Epidemiológica del Consumo de Drogas del primer semestre de 2022 arrojan que las mujeres embarazadas solicitan tratamiento por consumo de metanfetaminas, alcohol, marihuana, tabaco y polvo blanco. Su rango de edad oscila entre los 15 y 41 años; en otras palabras, la edad promedio es de 25. Asimismo, las drogas de mayor impacto por las que se solicitó el tratamiento fueron: metanfetaminas (30.5%, esencialmente cristal: 29.9%), cannabis (27.8%; básicamente marihuana estándar: 26.5%) y alcohol (17.1%).

Infografía: Tania Ortega, 2022.

Una deuda: la falta de albergues

Cabe señalar que estas son las mujeres que buscan ayuda o que logran acceder a un servicio de atención como el del Centro de Integración Juvenil A.C. Sin embargo, existen cuantiosos casos de aquellas que no pueden ingresar a un servicio de salud por diversas razones, así como no existe en el país algún albergue que pueda atender las necesidades de las madres o mujeres embarazadas usuarias de sustancias. Ni siquiera los alojamientos para mujeres que sufren violencia tienen esta posibilidad.

Según datos de la Red Nacional de Refugios A.C. (RNR) sobre las mujeres atendidas en sus instalaciones y centros de atención externa, de enero a octubre de 2022 el 94.4% de las mujeres que ingresaron no tenían adicciones; el resto sí, es decir, el 5.6% (149), de las cuales las principales sustancias que consumían eran cocaína, marihuana, cristal y alcohol.

A pesar de que la RNR atiende a mujeres con adicciones, es difícil que las acepten si están embarazadas, ya que deben acceder a una atención previa por el periodo de abstinencia y requieren de cuidados especiales durante el proceso de gestación. Algo similar ocurre en otros albergues para mujeres a nivel nacional.

El CIJ tiene dos unidades de hospitalización o de internamiento llamadas “clínicas de metadona”, que se usan para usuarios y usuarias de heroína, en Ciudad Juárez y Baja California. Ahí se ha atendido a mujeres embarazadas, apoyándolas hasta que nace el bebé y también cuando este requiere una desintoxicación. No obstante, estas unidades no cuentan con las características adecuadas para ofrecer una atención que resuelva las necesidades particulares de las madres usuarias de drogas, por lo que ellas necesitan un tratamiento diseñado de forma específica. Al respecto, Miriam Carrillo comenta que se está construyendo una unidad especializada dirigida a mujeres con la idea de que incluso tengan guardería, en la ciudad de Zapopan, en Jalisco:

—Es un proyecto que ya llevamos varios años y que no ha sido sencillo, sobre todo porque hay mucho estigma respecto a esto, pues pensar que una madre va a llevarse a su hijo a una unidad de tratamiento es mal catalogado, se parece a lo que pasa con las reclusas, a quienes se les permite tener a sus hijos pequeños.

Criminalización por estar embarazada

Según Lourdes Angulo, directora de la Fundación Verter A.C., estas madres viven estigmas incluso por el tipo de droga que consumen, pues las más fuertes están asociadas al consumo exclusivo de los hombres.

—El estigma de no ser lo que la sociedad espera de una mujer, que no consumas sustancias o que seas una buena madre para la sociedad. Se nos ha inculcado el imaginario social de que una madre es una persona que prácticamente no tiene una vida propia, solo dedicarse a sus hijos e hijas, el no consumir sustancias psicoactivas… y ellas transgreden todas estas normas de lo que es ser mujeres.

De modo que ellas no acceden a los servicios de salud por la discriminación que sufren. Tampoco acuden a los cuidados prenatales por el miedo que tienen a ser discriminadas. Llegan a los servicios y lo primero que les cuestionan es por qué consumen si están embarazadas, como si fuera una decisión prácticamente personal y no un tema de salud. Esto ocurre en la comunidad de Mexicali, Baja California, de forma particular en el Hospital Materno Infantil de la región.

Ahí también se les cuestiona el daño asociado que pueden hacer al producto y no hablan acerca de la salud de ellas. Las que van a estos cuidados prenatales dejan de ir porque les quieren obligar a que dejen de consumir, las cuestionan y las criminalizan. Ya cuando van a parir, como no fueron a cuidados prenatales hay un doble regaño:

—¿Por qué no viniste a tus cuidados prenatales?

—Les hablan de la irresponsabilidad, siguiendo con esta criminalización porque son consumidoras de sustancias. En varias ocasiones se ha reportado que les dicen que están cometiendo un delito equivalente al homicidio o al maltrato de menores. Esta es una de las razones por las que las usuarias embarazadas que se detectan en la Fundación Verter A.C. no acceden al acompañamiento ante los organismos de salud —menciona Lourdes Angulo.

Asimismo, para Norma ser madre le hizo enfrentar una combinación de rechazo y apoyo. El primero porque la gente decía:

—¿Cómo es que ella tiene un hijo? ¿Como todos? —Fue hasta que su hijo Alan nació en 1999 que Norma dejó de consumir. Fue una noticia que la impulsó a dejar de ingerir por cinco años, tiempo en el que se dedicó a su hijo. Gracias al respaldo de su madre y padre, ella no tenía que trabajar y podía dedicarse al cuidado de Alan; pero cuando este cumplió siete años ella inició de nuevo el uso de estupefacientes.

No obstante, no todas las madres usuarias de drogas tienen el apoyo de su familia. Algunas no logran enfrentar la abstinencia de su familiar o inclusive las dejan con su labor de parto. Viven el síndrome de abstinencia en el abandono.

Lourdes Angulo, directora de Fundación Verter A. C. Fotografía: Cortesía.

De acuerdo con Lourdes Angulo, también presidenta de la Red Mexicana de Reducción de Daños (Redumex), en la mayoría de los hospitales o clínicas no les ofrecen una alternativa para disminuir el síndrome de abstinencia. Por el contrario, buscan castigarlas como si se tratara de un problema que se resuelve con la sola voluntad. Les dicen:  

—Tú aguantas porque usas drogas.

De esta manera, los mismos profesionales de la salud ocasionan con estas actitudes que las mujeres prefieran huir de los hospitales.

—Cuando regresan para ver a su hija o hijo les niegan el acceso por haberlos abandonado y sumándole que ya desde que ingresan tienen una etiqueta de mujer usuaria, también les niegan el derecho a que puedan llevarse a sus hijos o hijas.

Con estas acciones ponen una barrera que impide a las mujeres acceder a estos servicios de salud. El profesional de salud criminaliza y estigmatiza su consumo; las maltratan al dar a luz y también les niegan el derecho a ejercer su maternidad, puesto que estos niños y niñas van directamente a las instituciones, como el DIF. Pasan a ser niños institucionalizados. —expresa la especialista.

El reto: garantizar el derecho a la salud mental

La adicción a los estupefacientes es una condición discapacitante, pues no hay mujeres con problemas de adicción que hayan podido criar a sus hijos o hijas. La mayoría siguen consumiendo o lo hacen de manera interrumpida, además de que la relación que suelen tener con sus descendientes es mala. Así indica Norma:

—Hay algunas [madres usuarias de drogas] que han disminuido muchísimo el consumo de alcohol. De hecho, ya hasta tienen carreras, pero ya en sustancias ilegales no conozco ninguna que pudiera criar a su hijo. Las que consumían alcohol se mantienen en un grupo de autoayuda. Solamente de esa forma es que puede llegar uno a mantenerse en control. Porque la enfermedad no se quita, nada más se controla.

En ello coinciden las expertas Lourdes Angulo y Miriam Carrillo, quienes señalan que en su experiencia no han encontrado a madres consumidoras de drogas fuertes que pudieran llevar con éxito la crianza de sus hijos o hijas. Para Angulo, los requisitos que deben cumplir estas mujeres son muy complicados: que estén en un centro de rehabilitación, que no consuman ya nada, que tengan un trabajo estable y un lugar fijo donde vivir, entre otros que son imposibles de cubrir.

—Estas políticas buscan la abstinencia. No buscan un consumo no problemático. Son cosas imposibles si no facilitamos otros procesos para que puedan tener una rehabilitación adecuada, pues ¿cómo le haces para que esa mujer pueda recuperar a su hijo o tener un trabajo, si no tiene ni siquiera documentación o un lugar dónde vivir? Es muy complicado todo esto, pueden ser casos muy particulares, pero sí se requiere un tratamiento interinstitucional —menciona la especialista.

Algunas soluciones son los modelos de atención de riesgos y daños que buscan poner en el centro a la persona. Sin embargo, hay diferentes perspectivas: una busca reducir los riesgos a la salud de las personas que aun consumen activamente y, a la vez, permitir llevar otros procesos; la otra busca la abstinencia como base para que la persona mejore.

En suma, para Lourdes Angulo se necesita una política pública adecuada para entender el consumo como un tema de salud y de derechos humanos. Si la persona no puede o no quiere dejar de consumir, sigue teniendo los mismos derechos que cualquier otra.

Por su parte, Miriam Carrillo menciona que es necesario buscar tratamientos que no solamente se enfoquen en la sustancia y en la abstinencia, pues las madres usuarias de drogas tienen muchos daños emocionales en los que se tiene que trabajar. En ese sentido, el gran reto para las instituciones, particularmente hablando de las políticas públicas, tiene que ser el ofrecer y garantizar el derecho a la salud mental.

Norma recuerda la relación con su hijo: cuando lo maltrataba, cuando le robaba el dinero que sus abuelos le daban, cuando lo exponía a personas que también se drogaban y cuando discutía con él porque no podía aceptar su preferencia sexual, así como el abandono constante.

—Mi hijo olía el humo de la piedra, yo prendía tabaco y él los olía. Era un fumador pasivo, lo involucré a que viviera de cerca mi enfermedad. Me drogaba para cederle los derechos a mi mamá, quien quedó como tutora legal de mi hijo de 13 años. Desde ahí mi hijo empieza a crecer con ella. No me importaba él, sino solo drogarme.

A pesar de ello, Alan nació sano, no tiene ninguna enfermedad y Norma se da cuenta de que tiene que enfrentar esta situación.   

—Hoy tengo el pensamiento de que sí se puede y de que yo puedo. De que yo puedo salir adelante, puedo enfrentar la situación y estoy con la disponibilidad —expresa esperanzada, agradecida y con una claridad profunda en su voz.

LOS ESTIGMAS DE NORMA