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Migrar duele: la resistencia de los pickers mexicanos en Canadá

Texto: Alejandro Mendoza

Fotografías: Karen Melo

Los callos de las manos duelen, la cutícula de las uñas comienza a desprenderse y las piernas pesan como si se tratara de deportistas de alto rendimiento quienes entre ovaciones y flores llegan a la meta, al final del camino; aquí en Canadá, para las personas mexicanas, chilenas, argentinas o guatemaltecas las condiciones no están ni siquiera cerca de ser similares. En el norte del continente Americano las personas migrantes no reciben aplausos, tampoco palabras de aliento y, muchas veces al borde del colapso, suben una vez más su escalera de ocho, nueve o diez escalones en los árboles de los campos del Valle de Okanagan como parte de una intensa jornada de diez o más horas en lo que debería ser el trabajo ideal para un ‘recolector’ o ‘picker’ (de acuerdo con su traducción al inglés) en este país. 

Salir de un país aún con estatus de turista implica diversos retos, tal pareciera que los derechos, necesarios para vivir de la forma más humanamente posible, quedan junto a los tenis viejos que dejaste debajo de tu cama o sobre aquel espejo roto del buró en el que todas las mañanas te retabas a ti mismo a salir y buscar un mejor destino. 

Y es que este lugar está lleno de preguntas más que de respuestas. Porque ¿cómo se puede obligar a una persona a perder la dignidad? 

Para quienes viajan sin documentos de trabajo persiste un sentimiento colectivo: nostalgia, pues a pesar de que el contexto pareciera no ser tan hostil como aquel en el que una ‘caravana migrante’ fue reprimida con uso de violencia en el bordo fronterizo de México y Guatemala en enero de 2021 o aquel que arrebató la vida a 39 personas en situación de movilidad en Ciudad Juárez durante un incendio apenas en marzo de este año, hay una romantización muy fuerte al primer mundo que impide recordar que no importa bajo qué condiciones ni por cuánto tiempo, migrar duele.

«Me costó muchos años quebrar esa idealización, se piensa que todo en el extranjero es mejor y como persona ilegal, o sea, cuando trabajas en negro (de manera irregular) es muy difícil esta parte: ya no puedes regresar a tu casa y tienes un miedo constante a la migra y etcétera», cuenta Angélica, una ‘picker’ mexicana que viajó por segunda ocasión al Valle de Okanagan a la pisca de cereza mientras cubre su rostro con un buff color negro que aún así deja percibir su indignación y enojo. 

Ella, así como otros 86 mil 780 mexicanos que emigran a este país para trabajar (2015-2020 de acuerdo con gráficos de Datosmacro e información de la ONU) son impulsados por la información que circula en Internet —escasa para la cantidad de personas provenientes de México en Canadá— la cuál idealiza las largas jornadas a las que se someten mexicanos aspiracionistas y canadienses ‘relegados’. Porque incluso ahí entre los huertos de cereza, durazno o manzana (algunas de las frutas más comunes) y haciendo un trabajo con pagos por debajo del mínimo en Canadá (7 dólares canadienses por caja o 14 CAD la hora) queda superado un salario por arriba del promedio en México de 207.44 MXN diarios de acuerdo con la Secretaría del Trabajo y previsión social al 2023. 

Vista aérea de una granja de cereza

Entonces… ¿cuándo desistir? La respuesta casi automática de quienes trabajan en estas condiciones es clara: «hasta que el trabajo se termine», no importa el cansancio, tampoco si el aroma del pesticida quema al inhalarlo todos los días en los campos de cosecha, ni siquiera vivir por más de cuatro meses en una casa de acampar debajo de los árboles: maestras, fotógrafas, músicos, historiadores; paradójicamente la migración no discrimina y el coste ofrecido pareciera valer la pena para ‘sobrevivir’. 

Leonardo, colaborador voluntario de la organización Dignidad Migrante, una organización dirigida por trabajadoras y trabajadores migrantes temporales que busca promover la autoorganización y detener el abuso y explotación, concuerda en que se trata de «un área remota que está muy abandonada y (aquí) los trabajadores están más vulnerables porque no hay mucha información, no hay muchos recursos, ni organizaciones que en realidad les den ese apoyo o les importe en realidad».

Voluntario de Dignidad Migrante asesorando a un trabajador durante una Feria de Salud

La pisca de fruta en Canadá «no es como la pintan», la ruta Keremeos-Vernon que abarca más de 150 kilómetros del territorio está llena de vacantes, pero también de condiciones inhumanas que los dueños de las granjas (farmers) han normalizado y reproducido año con año. Y es que orinar en un baño portátil del que más de 40 personas hacen uso por una semana entera no puede pasar desapercibido, tampoco las regaderas cubiertas con un cartón, los pesticidas derramados sobre los árboles durante las horas de trabajo o las escaleras chuecas o rotas con las que se pretende se bajen tops de cereza de lo más alto de los árboles. 

Quienes migran están dispuestos a todo mientras que los dueños de las granjas, punjabis en su mayoría como se les conoce en la zona a quienes provienen de la India, limpian bloque tras bloque de cereza con pocos recursos y haciendo «uso» de los pickers

La experiencia de Miguel como picker deja claro que incluso con su práctica la fortuna no parece ser distinta. Sentado bajo la sombra de los árboles que literalmente le dan de comer, frota sus manos con una ansiedad perceptible mientras opina que es «una situación de vulnerabilidad y eso pues está cabrón, por ejemplo en las granjas (las condiciones) muchas veces también son bastante deplorables, o sea, ahí sí depende mucho de como tú te muevas (…) pero muchas granjas, pues no consideran lo básico de nada, me parece que es una inversión necesaria para tener a los trabajadores lo más humanamente posible».

Pero ese ni siquiera es el peor contexto…

Instrumentos de trabajo en la localidad de Creston

Edna, otra de las voluntarias de Dignidad Migrante, considera que las condiciones mantienen al borde de la estabilidad física y anímica a las y los turistas. 

La pisca de fruta, lejos de ser un idilio, es un campo de batalla donde la dignidad se somete a pruebas impensables. Los abusos, tanto físicos como verbales y sexuales, tiñen de oscuro el panorama. Angélica, enfrentando el machismo, muestra que la migración también es un combate por la equidad.

«Por ejemplo aquí en la cherry la mayoría de los patrones son punjabis, son de la India, y ellos son super machistas entonces para mí ha sido muy difícil», asegura Angélica con la mirada fija en la cámara y sin titubear. 

«Personalmente yo creo que es el abuso en general, la mayoría tiene mucho temor o miedo de que algo va a pasar y no tienen el poder de hacer algo (…) han habido incluso abusos no solamente laborales, sino también físicos, verbales y hasta sexuales en contra de las compañeras», Edna continuó explicando al interior de un condominio poco después de dar acompañamiento a trabajadores temporales en Canadá. 

Sin embargo, aunque pareciera que existe una pequeña línea que separa el contexto de violencia y violaciones de los derechos humanos, el papel no cambia mucho. Cuando se expone que migrar duele se dice con todas sus letras, en alto y a quemarropa. 

Espacio habilitado como cocina al exterior en una granja en Vernon

A Luis le aplicaron un examen, respondió, obtuvo un porcentaje alto y de pronto se encontraba a bordo de un vuelo con rumbo a Canadá. ‘Reclutado’ por la Secretaría del Trabajo Luis llegó a una granja hace más de 8 años y, sin embargo, ¿cómo te separas de tu familia año con año sabiendo que lo estás arriesgando todo en el camino?

«Pues primero fue bueno, dinero es dinero. Pero ya a largo plazo, pues como que se les hizo pesado. Ya el último como que me decían sabes qué, pues ya no queremos que te vayas»…

El Valle está lleno de trabajadores del programa de «Empleo en Canadá y trabajadores agrícolas» y jóvenes pickers que añoran de la manera más desesperanzadora un futuro mejor cerca de quienes aman. 

«La Secretaría del Trabajo y Previsión Social, a través del Servicio Nacional de Empleo, es la responsable de reclutar, seleccionar y promover el envío de trabajadores agrícolas a las diferentes provincias de Canadá, tomando en cuenta los requerimientos de los empleadores canadienses. La estancia máxima permitida por el gobierno canadiense es de ocho meses, durante los cuales los trabajadores son colocados en diferentes granjas», se vocifera en el portal del consulado mexicano de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

«Estás en México, se acaba el dinero y dices tengo que emigrar a la fuerza. Hasta tengo que volverme a ir para poder hacer dinero ya no está uno agusto estando allá con el dinero que nos ofrece México», asegura Luis mientras talla sus ojos irritados, rojos como el fuego que rodeó los cerros de Okanagan con incendios forestales, por la pisca de durazno durante todo el día. 

La historia de Luis, quien se vio forzado a dejar su hogar y de quienes llegan año con año al valle, refleja el dilema angustiante de separarse de la familia en pos de un futuro impreciso. 

El valle se llena de sueños rotos y esperanzas desesperadas, donde el dinero es el único nexo entre dos mundos. La realidad es que, aunque migrar pueda parecer la oportunidad dorada, implica sacrificios inimaginables que desafían la resistencia física y emocional de quienes buscan una vida mejor en Canadá. Migrar, en última instancia, duele en todos los sentidos, pero para muchas personas es la única opción que tienen para sobrevivir y buscar un futuro más prometedor en un destino incierto.  

Estado de México, impacto medioambiental en Hidalgo, industrialización, libertad de expresión, periodismo

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